| Cuento: Obo |
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OBO Este cuento es de la autoría de Edgar Allan García, practicante de las Técnicas Ishayas y pertenece a su libro Torre de Papel. Obo nadó un poco más rápido de lo habitual, pues no faltaba mucho para llegar a la gruta. En la oscuridad del lugar se apiñaban cientos de pequeños parientes de su misma especie, desconocida por los seres humanos: Los Liki, los peces más transparentes del océano. Eran tan translúcidos que los demás peces se confundían y solo las aguamala los reconocían por sus ojos celestes y sus largas pestañas azules. Un día, Obo se aburrió de que ningún pez lo persiguiera.- Pasan de largo, se quejó con un pez payaso- ni siquiera nos miran, es como si no existiéramos. El pez payaso- le contestó-mirando hacia donde creía que esta Obo-que la suya era una suerte increíble, que ya quisiera los demás peces pasar delante de tiburones y barracudas haciéndoles muecas y que no los descubrieran. Las palabras del pez payaso no lograron consolar a Obo, ya que para él el asunto se había transformado en un problema y el aburrimiento lo había dejado sin hambre y, lo que era, peor, sin ganas de jugar. Por la tarde, decidió hacer una incursión en otros territorios lejanos de la gruta. En el camino, se encontró con un pez globo que se dio el susto de su vida cuando Obo le habló. -¿Quién?, ¿quién anda por ahí?, ¿qui…quién dijo eso? Se agitó el pez globo, luego de que Obo le preguntó si conocía un lugar interesante por los alrededores, algo que pudiera ser realmente divertido. Una vez repuesto del susto, el pez globo le explicó que no, que en toda su larga vida-pues tenía dos años y ya era tatarabuelo de miles de peces globo- no había visto un lugar interesante, lo que se llama interesante. Solo rocas, arena, corales y algas, lo mismo, siempre lo mismo en todas y algas. Más tarde se encontró con un pez espina y un pez zorro, que después del susto tampoco le dijeron nada que pudiera atraerlo. Entonces, Obo se alejó un poco más, en medio de aguas mucho más frías y completamente desconocidas por los suyos. De pronto, ahí, estaba una mantarraya gigante. A pesar de que no podía verlo, no se sorprendió por la presencia de Obo, pues con su porte había aprendido a no temerle a casi nada. -perdone que la moleste, señora mantarraya, -dijo Obo- pero estoy buscando un lugar diferente a todo lo que se ha visto en los alrede4sdores, algo realmente divertido. La mantarraya miró hacia donde se suponía que estaba Obo y dijo: -No conozco más que arena, corales, algas y rocas… pero, ahora que me acuerdo, he oído hablar de un lugar muy especial. -¿Especial? -saltó Obo emocionado. –Sí, se trata de un lugar lleno de agua.- ¿Agua?, ¿qué? Es eso?. –preguntó intrigado Obo. –La verdad es que no sé, -aceptó la mantarraya- pero una vez un pez me habló de un lugar lleno de agua… no, no me preguntes, no sé dónde queda ni cómo es, pero de que existe existe, al menos eso creo. Una vez que se despidió de la mantarraya, Obo siguió nadando en busca del agua, pero la noche cayó y se quedó a dormir en una gruta deshabitada. En realidad no necesitaba la gruta para esconderse de los demás peces, sino para que no lo atropellara un pez espuela o un pez martillo distraído. Obo soñó toda la noche con un lugar que a la entrada decía “Agua”: era una planicie hermosa y colorida, pero al despertar no recordó nada más que imágenes confusas, así que decidió proseguir la búsqueda. Para su desesperación, ningún pez sabía lo que era el agua ni dónde habitaba; algunos ni siquiera habían oído esa palabra en toda su vida. -¿Agua?, -preguntó alarmado un pez flor- ¿de qué idioma sacaste esa palabra tan extraña?. Al fín, después de mucho nada y nada, Obo arribó a un lugar lleno de algas de colores que danzaban frente a una pared blanca. Se arrimó a la pared y se quedó dormido, muerto del cansancio. Así tuvo un largo tiempo, hasta que la pared se movió y lanzó al pequeño Obo contra las algas. -¡Hey!, -gritó Obo, sin saber qué estaba sucediendo. Como respuesta escuchó un trueno, o más bien una voz parecida al trueno.- ¿Quién dijo “hey”, -preguntó la voz. Como nunca en su vida, Obo no sabía para dónde mirar. Al frente suyo no había nada, excepto esa enorme pared blanca que se movía rápidamente hacia él. De pronto, vio con sorpresa que un ojo gigantesco lo estaba mirando. Por primera vez un pez que no fuera un Liki o miraba de frente, como si en verdad lo estuviera viendo. El ojo gigante parpadeó lentamente y Obo dio un salto hacia atrás. También era la primera vez que veía parpadear a un pez. -¡Hey¡, -exclamó de nuevo- eso es imposible. -¿Qué es imposible? –rugió la voz. –Parpadear, -dijo Obo atónito- no se puede parpadear. La pared empezó a temblar y algo parecido a una risa descomunal se dejó escuchar por todo el lugar. Pocos minutos más tarde, cuando ya a Obo le había pasado el susto y la “pared” dejó por fin de reír, todo empezó a aclararse. Obo se enteró de que aquella “pared” era una ballena blanca y que no solo era el pez más grande que jamás había visto sino que g además, y esto si que ya que le pareció fuera de toda realidad, ¡!aquel pez no era un pez!! Obo no podía entender aún cómo algo del porte de cincuenta o setenta tiburones, que tenía nada menos que ¡treinta años de edad!, no intentaba devorarlo de un solo mordisco sin oque, al parecer, lo único que quería era conversar con esa voz de trueno, ese ojo parpadeante y esa risa huracanada. –Una ballena blanca, ¿eh? Nunca me imaginé que hubiera peces… qué digo, cosas así en estos lugares. –Mamíferos, -dijo sonriendo la ballena blanca- somos mamíferos. Si ya antes Obo no entendía nada, peor ahora. ¿mamíferos? En verdad había muchas cosas increíbles en ese lado desconocido del mar.- Eso quiere decir, -prosiguió la ballena blanca- que no nacemos de huevos como los peces, sino de adentro. Obo la miró de la misma manera en que tú mirarías a un extraterrestre: boquiabierto y con cara de tonto consumado. – Lo que quiero decir es que los bebés crecen dentro de nosotros y, luego de un tiempo, cuando ya están lo suficientemente grandes, salen al agua. -¿!Agua!?, Obo dio tres volteretas antes de tranquilizarse lo suficiente como para hablar. Obo permaneció inmóvil, como si de pronto se hubiera transformado en un pez de hielo. No, no lo podía creer. La ballena blanca le estaba diciendo, una vez que le había pasado la risa, que toda su vida había transcurrido dentro del agua. –Tonterías, -dijo finalmente- si eso fuera así, los peces lo sabrían y nadie, nadie conocida que todo esto era el agua. A la ballena le dio ternura al ver el desconcierto de Obo. –Ven, -dijo, y loa subió sobre su lomo como quien sube a un niño a la terraza de un edifico de trescientos pisos. De un impulso, Obo salió g a un lugar lleno de claridad plateada y sintió sobre su piel algo que lo estremeció y que la ballena blanca dijo se llamaba “viento”. Vio dos animales largos y enormes que entendió que se llamaban “barcos”. Escuchó algo más retumbante y aterrador que mil voces de ballena juntas que se llamaba “trueno”; pero de pronto, no pudo ver ni escuchar ni sentir nada más porque todo se hizo oscuro, muy oscuro, como la gruta en la que vivía con sus parientes los Liki. Y así fue como Obo empezó a descubrir cosas más y más interesantes de la aleta –o si quieres, de la mano- de su nueva y sabia amiga. Claro, como era de esperarse, después de una larga travesía al fin Obo regresó a la gruta de los Liki, donde nadie le creyó una sola palabra. Solo la hermosa y dulce Aba lo escuchó con seriedad hasta el final. En realidad, ella tampoco creía nada de eso, pero le parecía fascinante: aquella sí que era toda una aventura llena de la desbordante imaginación de Obo, su amado pez gemelo, como ella le decía. Pero, cuál sería la sorpresa de todos cuando vieron acercarse hacia ellos una enorme pared blanca con un descomunal ojo parpadeante a cada lado, una gigantesca sonrisa que nadie sabía dónde acababa y una voz de trueno que decía: -Hola, Obo, no pude aguantarme las ganas de conocer dónde vivías. En medio de la incredulidad de los Liki, Obo se echó para atrás, a la hermosa Aba y exclamó: -bienvenida, ballena blanca. ¿Te agrada este artículo? 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